Se mueve

Se me mueve la vida desde adentro como un par de sonrisas locas e inesperadas. Se me alborota la piel, la carne, los huesos…de bien adentro, me danza el alma. Mariposas vuelan por las venas al descubierto, me besan, me tocan y golpean de poco a poquito. Está dentro, muy dentro de mí la vida misma, el amor transformado en carne, en locura…en magia.

Anoche se me movió la vida desde adentro, la carne hecha alegría, hecha sueño. Dándome toques y aleteando como las más hermosas flores bailan con el más puro de los vientos. Cuan sublime el sentirte tan mio, tan tierno, tan todo, tan cierto. Desde adentro se me mueve la vida misma con suaves y dulces besos en aquella piel media vacía que habitas en aumento.

¡Desde anoche se me mueve el mundo, se me mueve el cielo!

Memorias de viaje… (Junio 2016)

 

Detengo el vuelo para observarme las raíces. Algunas hojas caen suavemente golpeando el suelo de cemento que arde bajo mis pies. Otras, en cambio, florecen. Renacen con el sol golpeándome la piel que se me transforma. Renacen con el viento soplando sutilmente mi rostro desnudo y limpio. Ando despeinada, libre y ante los demás, sola. Pero me acompaño yo. Me acompaño para guardarme en lugares, para crecer en vida, para almacenar recuerdos y superar pasados, correr de vicios y entender promesas.

Carga con las huellas

La vida tiene mil formas de aprendizaje que nos llevan en un viaje de altas y bajas en el que salimos a flote de la misma manera en que podemos sucumbir. Yo, personalmente he formado la hipótesis clara de que Dios trabaja con nosotros de forma anónima. Cuando no crees en tí o te sientes débil; él comienza a enviarte pruebas.

Pruebas fáciles y/o difíciles. Pruebas que nos marcarán para bien o mal y para siempre. Lo que sucede es que  el ser humano tiende a darle  más importancia a las pruebas difíciles. Nos fijamos en las que nos hacen llorar, enojar y a veces sucumbir en depresiones. Esas que nunca entendemos en ese preciso momento, y que se llevan lo más oscuro  de nosotros. Esas que marcan tan fuerte que a veces sentimos que se nos arruga la piel de forma literal.  Ahí, en esas en las que nos arrodillamos y clamamos al Señor. Ahí, en esas en las cuales tenemos la costumbre de cuestionarle: ¿Por qué me está pasando esto? ¿Por qué a mí?  En esas en las que  si alzamos la vista en algún momento, es para ver a qué o a quién se le puede adjudicar la culpa de lo que nos sucede. No es fácil, nadie dijo que lo sería y nunca lo será. Somos seres humanos y nos duele hasta en los huesos la impotencia. LA IMPOTENCIA, la peor de las malas sensaciones. La madre de las frustraciones. Sufrir por algo y no poder cambiarlo, marca.  Lacera nuestro ánimo, nuestro cuerpo y nuestra alma. Y cargamos con todas esas heridas, superficiales y/o profundas el resto de nuestra vida porque entendemos, o más bien nos dijeron que son procesos naturales de la vida que nos hacen madurar, y sí, tienen razón, solo si se entienden y se canalizan de la forma correcta, porque de lo contrario; nos dañaran más de los que nos beneficien.  El ser humano suele asumir que es una etapa normal de vida, pero, ¿Ustedes nunca se han preguntado por qué existe la impotencia? ¿Por qué hay que pasar todas estas pruebas?

Yo sí, me lo he preguntado más de una vez. Me lo pregunté cada vez que caí sin entender el por qué de lo que sucedía y cuestioné a Dios. No se trata de buscar el qué o quién fué lo que ocasionó el que esté pasando por esa prueba. Es más sencillo, tenía algo que aprender, TENIA ALGO QUE APRENDER. Puede parecer cruel en algunos casos e imposible de aceptar que Dios dé lecciones de vida haciendo sufrir tanto. Pero no nos vayamos tan literal, Dios nunca quiere causarnos tristezas ni sufrimiento. Dios no le envía NADA a nadie que no lo puede soportar y que no sea para hacerlo más fuerte, emocional y espiritualmente. Algunos se sienten perdidos en la vida sin poder encontrar el rumbo, otros no confian en ellos mismos, otros creen que no valen nada y que por ende nada merecen, y otros pocos que piensan que todo es su culpa, entre muchos otros casos.  Ahí, cuando tenemos ciertos episodios de autoflagelación emocional y/o  debilidad espiritual,  Dios nos envía pruebas. Después de pasarlas con marcas o sin ellas, entenderás que algo tenías que aprender, por muy sencilla o muy profunda que haya sido la lección, la superaste, y cuando digo la superaste me refiero a que aunque te duela, lo entendiste, lo internalizaste y hoy por hoy lo utilizas de forma positiva en tu vida. Ahora cargarás para bien con las huellas. Huellas que te harán recordar eso que en algún momento olvidaste y que Dios te hizo recordar.  Huellas que te han hecho más fuerte y más creyente de que Dios existe y que no solo existe sino que se manifiesta de manera anónima en nuestras vidas.

Las huellas de mis pruebas vencidas las cargaré siempre conmigo, con la certeza de haber aprendido de ellas lo que Dios quiso que aprendiera. Las transformo día a día de manera positiva en mi vida y aunque es una difícil pelea constante, Dios siempre se manifiesta en mí, ya no tan anónimamente porque quedó descubierto.

El amor no se acaba

155429_500437300049_4182908_n  Dicen que cuando un amor se va es porque nunca fue amor verdadero, eso dicen, yo no lo creo así.  A veces solemos pensar que el estar enamorado y ser feliz es una meta, la más deseada por el ser humano. Pensamos que el llegar a ella lo justifica todo. He ahí en donde nos equivocamos, la felicidad es un estilo de vida, una desición propia, la más consciente y clara que un ser humano debe tomar en toda su vida. Y la primera parte de ella es la aceptación. Aceptar que eres un ser humano de luz y que por ende puedes dar luz a los demás es un acto genuino que debe llevarse a cabo a diario. Con una sonrisa, una palabra de amor, un abrazo, una ayuda a quien la quiera y un consuelo a quien lo necesite aceptamos ser felices con nosotros mismos sin contar que también hacemos felices a los demás. «Haz que lo que eres y haces se refleje en tí mismo como una respuesta a tus actos».

» Después de haber comenzado por el principio», como diría una gran amiga mía, hablemos del amor de pareja, de esas que dicen ya no quererse mas, de esas que se rinden por tomar el camino más fácil y cómodo. Con la despedida de un amor llegan a nosotros muchos de sus recuerdos, ésos que siempre estuvieron ahí y que simplemente dejamos de verlos por tener prioridades equivocadas.    El amor no se acaba, lo acabamos nosotros mismos. Lo acabamos en nuestro interior individualmente. A veces los seres humanos cambiamos de perspectiva en la vida porque no estamos claros de lo que queremos y olvidamos que debemos aceptarnos primero como un ser humano  que hoy por hoy acepta ser feliz. Cuando desviamos la mirada del camino del amor y de la decisión de ser feliz como persona y como pareja, se cuelan las inseguridades, los corajes, las peleas, los insultos, las heridas, los pasados, las amistades que dañan, los complejos y cobardemente escogemos el camino más fácil, renunciar.

No hay persona perfecta en el mundo, pero sí somos seres de luz y somos capaces de amar y de hacer cosas extraordinarias para nosotros mismos y para la humanidad que es más hermoso aún. Un amor nunca suele ser fácil, la unión entre dos personas conlleva mucho compromiso individual y de pareja; pero si decides ser feliz como persona cada día de tu existencia, sin duda alguna harás feliz a quien camina la vida a tu lado. Habrán muchas excusas y razones que el ser humano elabora para renunciar cuando la pareja enfrenta un nuevo problema. Solo eso son, excusas. Excusas para no dedicar tiempo, excusas para no atarse físicamente, excusas para no tener que soportar los momentos difíciles. Podrán pasar años y años en un matrimonio, podrá existir la rutina, el cansancio, los cambios físicos y los mentales pero nunca debes dejar de aceptar que eres un ser de luz y que hoy por hoy decides ser una persona feliz y hacer feliz a quien está a tu lado acompañandote en el camino de la vida. Hoy, HOY es un día, una oportunidad de mejorar, de ser feliz, de ser mejor ser humano del que fuiste ayer. No acabes el amor que hay en tí para ti mismo ni para los demás. Ser feliz es un estilo de vida, una decisión propia que se toma a diario.  Hoy, decide amarte a tí y a esa persona, hazte feliz haciendola feliz a ella con un beso, unas palabras, un regalo o con una simple mirada genuina en la que vea la luz que hay en tí y pueda reflejarse en ella.

Megy Cuesta Mella