He intentado escribir este post y convertir este blog en algo más personal, en más de quince ocasiones en los últimos cuatro años, y solo una razón me impedía terminarlo; EL MIEDO.
Nunca más…let’s do this!
Reconozco que ya no sé lo que es el miedo, soy madre; y no existe fuerza mayor en el mundo que esa. Madre que me lees, tú puedes con todo. Hasta con esos miedos con los que te levantas cada día; y también con aquellos otros que arrastras a la cama al final del día. Hoy ya no tengo miedo, de nada. Y algunas de ustedes dirán: «Pero si cuando nos convertimos en madre, es cuando más miedos tenemos, porque vivimos aterradas de que algo malo les suceda a nuestros hijos» Y tienen razón, no existe madre que pueda soportar ver a un hijo sufrir. Hace un tiempo llegué a la conclusión de que nunca existirá acto más valiente que el de convertirse en madre. Nunca en la vida se podrá ser más vulnerable que cuando lo somos, ni siquiera en la peor de las situaciones propias. Ser madre es dejar de tener el corazón en el pecho y verlo andar por la calle y sonreírte y llamarte mamá.
Pero no me interesa sentir miedo a perderla, si eso me lleva a no dejarla vivir y descubrir lo que es la vida por ella misma, con sus tantas alegrías pero también con sus tropiezos. Escojo desde hoy ya no tener miedo de dejarla con alguien por unas horas y que descubra cosas por ella misma para que luego me cuente sus aventuras, escojo llevarla al parque y dejarla correr aunque exista la probabilidad de que se caiga, allí estaré siempre con los brazos abiertos para consolarla. Escojo enseñarle un poco del mundo y las pequeñas cosas de la naturaleza todos los días, para que cree una relación cercana con ella, aunque pueda picarle una hormiga o tropezar con alguna piedra. Escojo siempre esa sonrisa de plenitud cada vez que descubre, sola…pero conmigo cerca.
He perdido el miedo a no exponer mis sueños por lo que piensen los demás, no tengo miedo de decir lo que pienso, de comer lo que me de la gana y mucho menos de aprender a decir NO. Ya no sé lo que es el miedo, soy madre. Y hoy pierdo uno más, así que celebro con ustedes, que también pueden con todo…que al final no todas son madres pero sí mujeres, y somos fuertes por ‘default’. Y quizás esto que digo no llegue a tantas personas como algún poema, escrito o frase a la que están acostumbrados, pero no se imaginan las tantas veces que quise escribir este post y comenzar un blog diferente, pero el miedo no me dejaba…Hoy no, let’s do this!

Hola Falda!!! Khalih Gibran dedicó en su libro El Profeta una reflexión sobre los hijos. Decía: “Tus hijos no son tus hijos … son los hijos. Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos. Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños. Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti, porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados… Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad “. Dicho esto, tardé en comprender el sentido de esas palabras. Veintitrés años. Cuando los hijos deciden dejar el hogar queda un sentido de pérdida. Un vacío. Vivimos toda la vida protegiéndolos, pero nos dimos cuenta de que deben volar para poner en práctica lo aprendido. Es importante confiar en su juicio y en sus decisiones. No podemos dejar que el miedo nos paralice y debemos dejar que experimenten lo que es realmente vivir. Así y solo así serán fuertes y serán autorrealizados. Y lo que nos llevaremos al partir de este mundo es la certeza de que aprendieron a crecer… sin miedo.
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