Bienvenidas

Cuando sonó el timbre encendí la última vela. El seguro estaba abierto, esperé a que abriera la puerta y callé. Lo vi allí parado y temblé de miedo, o de placer, quién sabe. Lo único cierto era que aún mantenía su cuerpo lejos de mí, justo debajo del marco de la puerta como esperando algo para poder pasar y yo, lo miraba fijamente sentada en el borde de la cama. Su mirada era más honda que nunca, más aguda que siempre. Yo me recosté en el colchón vacío, aún llevaba la ropa puesta pero al mirarlo fijamente mis piernas tomaron rumbos diferentes y aquella mini falda que a propósito había escogido, me dejó al descubierto. Ya no sé qué era lo que él pensaba al quedarse inmóvil, pero con cada botón de camisa que yo desabrochaba, sus ojos se abrían un poco más, como si eso fuera posible. Al dejar mis senos libres pude ver cómo mojaba sus labios y su cuerpo trataba de moverse pero algo se lo impedía. Podía sentir cómo me hacía el amor con los ojos pero no se acercaba a tocarme. Entonces me levanté de aquel colchón que nos gritaba fuego y caminé hacia él mientras terminaba de despojarme de la poca de ropa que me quedaba puesta. Él abría cada vez más los ojos y se tocaba la cara nervioso. Cuando llegué frente a él, de pronto, de sopetón, me sujetó de la cintura y me pegó a su cuerpo. Yo estaba completamente desnuda y, sintiendo su calor pude notar que temblaba. Colocó una mano en mi trasero y con la otra acarició mi cabello y luego el cuello. Acercó mi cara a la suya y me dijo pegado a mis labios sin besarme:

«Me estás volviendo loco» …y me hizo el amor como nunca. Así, sin rodeos, debajo del marco de la puerta y sin muchas palabras…Dios bendiga las bienvenidas en la puerta.

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