Carga con las huellas

La vida tiene mil formas de aprendizaje que nos llevan en un viaje de altas y bajas en el que salimos a flote de la misma manera en que podemos sucumbir. Yo, personalmente he formado la hipótesis clara de que Dios trabaja con nosotros de forma anónima. Cuando no crees en tí o te sientes débil; él comienza a enviarte pruebas.

Pruebas fáciles y/o difíciles. Pruebas que nos marcarán para bien o mal y para siempre. Lo que sucede es que  el ser humano tiende a darle  más importancia a las pruebas difíciles. Nos fijamos en las que nos hacen llorar, enojar y a veces sucumbir en depresiones. Esas que nunca entendemos en ese preciso momento, y que se llevan lo más oscuro  de nosotros. Esas que marcan tan fuerte que a veces sentimos que se nos arruga la piel de forma literal.  Ahí, en esas en las que nos arrodillamos y clamamos al Señor. Ahí, en esas en las cuales tenemos la costumbre de cuestionarle: ¿Por qué me está pasando esto? ¿Por qué a mí?  En esas en las que  si alzamos la vista en algún momento, es para ver a qué o a quién se le puede adjudicar la culpa de lo que nos sucede. No es fácil, nadie dijo que lo sería y nunca lo será. Somos seres humanos y nos duele hasta en los huesos la impotencia. LA IMPOTENCIA, la peor de las malas sensaciones. La madre de las frustraciones. Sufrir por algo y no poder cambiarlo, marca.  Lacera nuestro ánimo, nuestro cuerpo y nuestra alma. Y cargamos con todas esas heridas, superficiales y/o profundas el resto de nuestra vida porque entendemos, o más bien nos dijeron que son procesos naturales de la vida que nos hacen madurar, y sí, tienen razón, solo si se entienden y se canalizan de la forma correcta, porque de lo contrario; nos dañaran más de los que nos beneficien.  El ser humano suele asumir que es una etapa normal de vida, pero, ¿Ustedes nunca se han preguntado por qué existe la impotencia? ¿Por qué hay que pasar todas estas pruebas?

Yo sí, me lo he preguntado más de una vez. Me lo pregunté cada vez que caí sin entender el por qué de lo que sucedía y cuestioné a Dios. No se trata de buscar el qué o quién fué lo que ocasionó el que esté pasando por esa prueba. Es más sencillo, tenía algo que aprender, TENIA ALGO QUE APRENDER. Puede parecer cruel en algunos casos e imposible de aceptar que Dios dé lecciones de vida haciendo sufrir tanto. Pero no nos vayamos tan literal, Dios nunca quiere causarnos tristezas ni sufrimiento. Dios no le envía NADA a nadie que no lo puede soportar y que no sea para hacerlo más fuerte, emocional y espiritualmente. Algunos se sienten perdidos en la vida sin poder encontrar el rumbo, otros no confian en ellos mismos, otros creen que no valen nada y que por ende nada merecen, y otros pocos que piensan que todo es su culpa, entre muchos otros casos.  Ahí, cuando tenemos ciertos episodios de autoflagelación emocional y/o  debilidad espiritual,  Dios nos envía pruebas. Después de pasarlas con marcas o sin ellas, entenderás que algo tenías que aprender, por muy sencilla o muy profunda que haya sido la lección, la superaste, y cuando digo la superaste me refiero a que aunque te duela, lo entendiste, lo internalizaste y hoy por hoy lo utilizas de forma positiva en tu vida. Ahora cargarás para bien con las huellas. Huellas que te harán recordar eso que en algún momento olvidaste y que Dios te hizo recordar.  Huellas que te han hecho más fuerte y más creyente de que Dios existe y que no solo existe sino que se manifiesta de manera anónima en nuestras vidas.

Las huellas de mis pruebas vencidas las cargaré siempre conmigo, con la certeza de haber aprendido de ellas lo que Dios quiso que aprendiera. Las transformo día a día de manera positiva en mi vida y aunque es una difícil pelea constante, Dios siempre se manifiesta en mí, ya no tan anónimamente porque quedó descubierto.

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